
Creo firmemente que los siguientes párrafos impactarán tu vida y algo en lo más profundo de tu corazón despertará a la revelación de cuán nuevas son las misericordias de Dios cada día.
Es mi profundo anhelo que mi testimonio te sirva de edificación, consolación y esperanza . El propósito de compartirlo no es entrar en detalles que puedan perjudicar a terceras personas, sino más bien, compartir como Dios sanó mi corazón y me restauró y que usted entienda que en Dios siempre hay esperanza. |
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| Un día 23 de diciembre mi vida cambió radicalmente. Estaba casada con un hombre visionario con una gran pasión y revelación de la Palabra. Juntos trabajamos arduamente en el Reino de Dios, instalando iglesias, abriendo escuelas de ministerio, dando campañas, seminarios y cumpliendo con compromisos evangelísticos, la radio y televisión. Yo era parte integral y activa de todo el engranaje ministerial. Cumplía como esposa, madre, co-fundadora, vice-presidenta, pastora, maestra y directora general del ministerio que cada día crecía más. Dios nos abría puertas cada vez más grandes y más maravillosas, la provisión en toda área de nuestra vida y hogar iba en incremento. Yo sabía en mi corazón que todo lo que Dios nos había prometido por boca de sus profetas se estaba cumpliendo y que nos preparábamos para entrar a una dimensión de unción, revelación y sueños realizados como nunca antes. Lo que yo desconocía en aquel tiempo, era que aunque seamos ministros exitosos y Dios nos use poderosamente, pueden existir en nuestra vida gigantes que si no los matamos a tiempo, el enemigo los despierta en el momento crucial del cumplimiento de nuestro llamado. Ese fue el caso en la vida del que en ese momento era mi compañero. Cuando el ministerio crece aceleradamente es fácil comenzar a girar alrededor del Reino y no necesariamente alrededor del Rey.
Comenzaron a surgir situaciones extrañas en mi matrimonio que al principio yo no entendía. Después de tratar de dialogar infructuosamente, me fui a Dios y le pedí que me destapara lo que estaba sucediendo. Algo que aprendí en esta dolorosa experiencia es que tenemos que estar bien preparados cuando le pedimos al Señor que nos revele lo que está oculto. La Palabra de Dios enseña que la verdad nos hace libres. Ese fue mi caso. Yo crecí en un hogar cristiano y el amor y el temor a Dios es algo que siempre he atesorado. Mis padres siendo también pastores inculcaron en mi, principios de santidad e integridad que siempre he valorado en mi vida. Por esto, la cruel verdad sobre el que fue mi esposo me destrozó el corazón, pero a la vez me libertó. En ese momento yo no tenía conocimiento vasto sobre los demonios sexuales, particularmente la pedofilia. Este espíritu se nutre robando la inocencia de sus víctimas en el área sexual. Se satisface en robarle a sus víctimas la pureza de la niñez y de la adolescencia, particularmente en los años en que sus cuerpos comienzan a florecer. Hoy entiendo que Dios en su infinita misericordia y por el amor tan grande que nos tiene, permitió que me fuese enterando en muy poco tiempo de situaciones terribles con el fin de librarme de mayores angustias.
Yo creo en el matrimonio y considero maravilloso que un hombre y una mujer se unan bajo el plan de Dios y puedan construir un mundo juntos para ellos y sus hijos. Yo amaba mi vida como esposa, como madre y como mujer de ministerio. Jamás hubiese contemplado que mi hogar se destruyese si no hubiera sido porque llegó un momento, en que tuve que tomar la decisión más fuerte de mi vida para no comprometer mis principios morales ni espirituales, con Dios ni con el pueblo. Al pasar el tiempo y no ver un verdadero arrepentimiento y humillación sino más bien la intención de continuar viviendo una doble vida, yo tuve que tomar la decisión de no ser partícipe ni cómplice de pecado y me decidí por la santidad de Dios, aunque eso significara perder mi matrimonio, perder la seguridad financiera que tenía, afectar la imagen ministerial ante el pueblo que muchas veces juzga y llega a sus propias conclusiones, sin conocer la raíz. Para mí el ministerio es algo demasiado serio y valioso y el pueblo de Dios merece honestidad y transparencia.
Fueron horas, días, semanas, meses largos y solitarios en que lloraba en cualquier parte y sentía que me desangraba por dentro. Recuerdo tantas mañanas en que no quería abrir los ojos y ver el sol por temor a enfrentarme a otro día de dolor y angustia. Estaba sumergida en depresión a pesar de que salía a la calle a trabajar en una empresa y funcionaba las ocho, nueve o diez horas en mi trabajo. Nadie sabía que me moría por dentro y que al subirme a mi auto lloraba al Señor todo el camino regreso a mi hogar. Al llegar a mi casa me secaba las lágrimas y me vestía de valor para poder atender a mi hija y evitarle más tristeza.
No tuve una madre espiritual que llorara conmigo y me sostuviera mientras me levantaba, la gente a quien le ministre por tantos años en los Estados Unidos, Latino América, el Caribe y Europa brillaron por su ausencia. Alguien dijo que el único ejército que mata a sus soldados es el pueblo de Dios. Yo lo experimente en carne propia.
Muchas veces no tienes que ser el que cayó y pecó repetidas veces para sentir la soledad y el rechazo de la gente porque lastimosamente, en mucho pueblo de Dios aún, la justicia y la misericordia solo son conceptos teóricos, que no se practican. Cuando no se tiene revelación de lo que es la compasión y la justicia de Dios, se comete el error de condenar tanto al que cometió el pecado como a su victima.
Una noche a eso de las tres de la mañana viendo la programación de la cadena TBN, que se había convertido en mi iglesia, Jan Crouch estaba dando su testimonio de cómo ella salió de la depresión. Mientras la escuchaba me iba identificando con todo lo que decía y de pronto el Espíritu Santo me empezó a ministrar y me levanté de mi cama sin saber lo que iba a hacer, tomé una libreta y un bolígrafo y escuché como que alguien me decía, "escribe el nombre de tu esposo en este papel y también los nombres de todas las personas que te han herido y humillado y lo que te hicieron". Yo sin entender bien lo que iba a hacer, comencé a escribir y llené varias páginas. Le pregunte al Señor, ¿y ahora qué hago con esto? Y El me dijo en mi espíritu, "póstrate sobre esa lista y comienza a perdonarlos uno por uno y renuncia a todo espíritu de falta de perdón, de raíz de amargura, de angustia, de rechazo, de humillación, de dolor y de depresión. Así, sin saberlo, el Espíritu Santo me enseñó a auto-liberarme. Cuando terminé y me levanté del suelo, el peso que había sentido por tanto tiempo en mi corazón se había ido, me sentía liviana, de pronto con deseos de vivir.
Después de esa experiencia en mi recámara esa madrugada con Dios, mi vida comenzó a cambiar y se inicio mi regreso a la vida tanto en lo personal como en lo ministerial.
Cuando has estado por tantos años en un ministerio activo y en la luz pública y tu vida sufre un quebranto de esta magnitud, evitas la gente por temor a las preguntas inoportunas o los comentarios hirientes. Sin embargo, Dios me llevó a una iglesia donde yo había predicado en sus eventos repetidas veces y allí me congregue por espacio de dos años, sirviendo y apoyando con mis dones y talentos, aunque sabia en mi corazón que sólo estaba de pasada.
Al cumplirse dos años exactos de estar asistiendo a esta iglesia, me invitaron a una reunión de pastores. Yo no sabía que el predicador invitado en esta reunión era el pastor Guillermo Maldonado. El mensaje que él predicó me ministro en lo más profundo de mí ser y cambio el rumbo de mi vida.
Tres meses después yo estaba entrando por las puertas de El Rey Jesús sin saber que mi vida comenzaría a cambiar aceleradamente. La revelación de la Palabra, el espíritu de intercesión y la impartición que he recibido en los últimos tres años sellaron el proceso que Dios comenzó en mi corazón aquella madrugada en mi habitación.
Todos los días doy gracias a Dios por haber sanado mi corazón y haberme devuelto el deseo de vivir. Cuando recuerdo el pasado lo recuerdo como algo que le sucedió a otra persona. El pasado ya no afecta mi corazón ni altera mis emociones. Cada día experimento a través de mis padres espirituales lo que es sentirse amada, valorada, respetada y afirmada. Los pastores Maldonado vieron más allá de mis circunstancias pasadas y me han dado testimonio del amor, la compasión y la misericordia del Padre, afirmando mi llamado, aceptándome y abrazándome como a una hija. |